Sí, eso fuiste para mí aquella noche de desolación,
de desesperanza, confundido en el torbellino
espiritual que brota de todo revés, que deja
en tinieblas los más apartados intersticios del ser.
Te vi, te observé con mirada pasional y desde
lo más profundo de mi ser sentí una apacible
voz que me dijo: ¡eureka!
Desde ese instante feliz seguí uno a uno todos
tus pasos rítmicos, con el deleite interior
del párvulo que contempla el complejo accionar
de su juguete exótico. La emoción irrigaba las
más íntimas células de mi cerebro. Hasta que,
al fin, con la decisión intrépida de un corsario
te abordé, todo trémulo… todo impregnado
de avidez. Te miré con mirada profunda,
casi horadante. Tú me respondiste replicando
mis ansias. A los pocos días la fusión
de nuestras almas era total. Al despertar
de aquel ensueño yacíamos en la arcadia
perenne de nuestra realidad.
Y aquí estamos aún, sin vislumbrar el final.

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