La obra El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, es una muestra de la simplicidad y la fluidez que deben discurrir en una historia que carece de inmoderadas ambiciones estéticas o pretensiones grandilocuentes. Una novela con descripciones poco rigurosas de los personajes, a excepción del coronel, a quien describe más ampliamente desde la cosmovisión de un hombre cargado de paciencia e ingenuidad. Involucra pocos personajes, que desarrolla de manera sucinta sin que logren distraer al lector de lo esencial en esta novela: la esposa; Don Sabas, el compadre; el abogado, el médico; Álvaro; Agustín, el hijo; el administrador del correo; y Moisés, el sirio. Otros personajes fugaces como el padre Ángel y el alcalde, sólo aparecen para dar luces del orden sociopolítico que imperaba en ese momento.  García Márquez recurre a mecanismos simples para sostener al lector sobre la espina dorsal de la historia que narra. Utiliza el rumor de los intestinos del coronel y el relato de cada visita al puerto, como pretexto para custodiar la ansiedad que debe mantener al lector embebido en cada escena, el desasosiego que acompaña la espera de esa anhelada respuesta del gobierno. También lo hace con la expectación por el futuro de un gallo que podría dar solución inmediata a las afugias del coronel y su esposa enferma; y que genera una tensión preeminente sobre cualquier otro de los hechos que se narran. Además, considero relevante destacar que en esta obra el lector transita, a sus anchas, por muchos lugares comunes del Gran Caribe y, en especial, por el caribe colombiano gracias a algunos detalles que se develan deliberadamente y con escaso rigor en la novela. Es una historia que no cede protagonismo, enmarcada en un pueblo del litoral atlántico de cuya ubicación se dosifican pistas en el decurso del relato. No obstante, el autor apela, de manera ingeniosa, a tantos lugares comunes que resulta infecundo cualquier intento por buscar el sitio exacto, dados los atributos climáticos, geográficos, socioculturales, incluso, económicos y urbanísticos, endosados por el escritor a esta población y a sus gentes.  El calor agobiante, el desarrollo vital en torno al río, las casas con techo de palma, la proclividad de los habitantes del pueblo a las apuestas en las riñas de gallos, la actividad comercial liderada por inmigrantes sirios, la explotación del banano, la música vallenata, las fiestas del 20 de enero, entre otras, sustentan un enfoque sincrético y holístico del modus vivendi en cualquier lugar del caribe colombiano; al menos de la reconocida región vallenata, área geográfica que involucra regiones de los departamentos de La Guajira, Cesar, Bolívar, Atlántico, Magdalena, y las sabanas de Sucre y Córdoba. Más aún, podemos circunscribir este relato a un espacio temporal bien definido, a juzgar por el uso de planchas de hierro calentadas al carbón, lámparas para iluminar casas en la noche, el boom de la explotación bananera, el período de represión militar, auspiciado por la United Fruit Company, y el régimen de la dictadura a mediados del siglo XX. Cualquiera podría ser ese lugar común no sólo en la novela, sino también en la vida del escritor. El mismo García Márquez relata, en una entrevista publicada por el diario El Espectador, aquello que el juglar vallenato Rafael Escalona, con ocasión de una parranda le dijo:

  • ¡Nada de literatura, carajo!
  • Bueno maestro, ¿qué vamos a hablar?
  • Mierda.

Misma expresión con la que termina El coronel no tiene quien le escriba. Pero también se refiere al maestro con nombre propio en el libro. Las coincidencias marcan con tanta intensidad la vida del escritor y el juglar que sus abuelos, Clemente Escalona y Nicolás Márquez, fueron  coroneles de la guerra de los mil días[1]. A su vez, en 1949, el Nobel conoció al juglar en medio de una parranda ofrecida por el médico y escritor Manuel Zapata Olivella, quien vivió durante varios años en el municipio de La Paz (Cesar), muy cerca de Manaure, población que también es mencionada en la novela, inmediatamente después de referirse a Rafael Escalona. La novela fue publicada en 1961, dejando una clara imagen de la violencia vivida en esa época sin acudir ninguna escena desgarradora. Es otro lugar común en el marco de una realidad conocida por el autor, y por gran parte de América Latina a mediados del siglo pasado. No necesitó mayores elucubraciones, sencillamente atisbar la realidad y admirarse con ella, con las pequeñas cosas, con lo cotidiano, con su propias miserias y sus veleidades. La verdadera hazaña consiste en contar la historia de tantos lugares comunes de tal forma que se convierta en un relato inusualmente apetecible.

  • El autor de esta reseña es gestor cultural de la Fundación Caribe en la Sociedad del Conocimiento, escribe poesía y cuento. Miembro del taller literario “Luis Mizar” de la Universidad Popular del Cesar. Fecha de elaboración: 05 de septiembre de 2018.

[1] Atuesta M., José. (2017). “La entrañable amistad entre Rafael Escalona y García Márquez”. Revista Panorama Cultural. En https://panoramacultural.com.co/index.php?option=com_content&view=article&id=5172:la-entranable-amistad-entre-rafael-escalona-y-garcia-marquez&catid=3&Itemid=160 . Visitado el 04 de septiembre de 2018.

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